lunes, marzo 28, 2005

La revolución de la Red

Los ingenieros y técnicos de la izquierda marxista, en la España de los sesenta y principios de los setenta, teníamos una idea favorita que llamábamos la RCT, o "revolución científico técnica", tomada de un libro del checoslovaco Radovan Richta. Una idea que empleábamos con profusión para caracterizar el mundo desarrollado del futuro, pero que entonces no sabíamos definir con precisión. En el libro de Richta "La civilización en la encrucijada" se daban gran cantidad de cifras para demostrar que el mundo desarrollado se dirigía a una creciente tecnificación: el descenso del número de trabajadores agrícolas o manuales junto con el incremento de los ingenieros y técnicos, la producción de materiales plásticos y la aparición de otros materiales nuevos, el crecimiento del consumo de energía eléctrica y el fuerte incremento de los ordenadores especialmente en los E.E.U.U. donde, en 1970, se había llegado a la "escalofriante" cifra de 55.000 ordenadores o sea de unos 250 ordenadores por millón de habitantes. Una cifra que, en realidad, se habrá multiplicado casi por 1.000 para el año 2005. En España, la cifra era entonces de unos 10 ordenadores por millón de habitantes y hoy en día por lo menos 10.000 veces más.

Si repasamos las predicciones futuristas de la época, veremos que se hablaba de ideas fantásticas como artilugios voladores individuales, grandes ciudades en el mar y muchas otras que no se han realizado en la actualidad. En cambio, nadie fue capaz de predecir entonces que la mayoría de los hogares del mundo desarrollado dispondrían de uno o más ordenadores con una potencia superior a los grandes ordenadores de los años 70. Ni que casi todos tendríamos un pequeño teléfono de bolsillo con el que comunicarnos, sin cables, desde casi cualquier lugar. Ni mucho menos que habría una Red global descentralizada capaz de suministrarnos información sobre cualquier tema y a la que cualquiera podría añadir información e intercomunicar con cualquier persona en cualquier lugar del mundo. Si hubieramos sabido entonces que un fenómeno así se iba a producir, sin dudarlo le hubieramos asignado la etiqueta de la misteriosa RCT.

¿Se puede afirmar ahora que la Red -Internet más móviles- es un fenómeno al que se le puede asignar el término de "revolucionario"?

Desde luego, no hay duda del papel relevante que la intercomunicación masiva y simultánea en la Red está teniendo en algunos cambios políticos recientes: parece que lo hubo en los cambios del 99 en Filipinas y luego en Georgia y en las recientes movilizaciones de la "revolución naranja" de Ucrania o en las últimas de Kirguizistán. Y, desde luego, en los días previos al 14 de Marzo en España que supusieron el relevo del gobierno del PP. Los gobiernos perdedores suelen culpar de las movilizaciones a la actividad conspirativa de la oposición. Sin embargo, lo que tienen de nuevo estos fenómenos es que se producen en base a un sentimiento generalizado de protesta que se manifiesta en concentraciones masivas convocadas por la intercomunicación espontánea de miles de individuos conectados a través de la Red. Ningúna organización centralizada ni ningún partido sería capaz de constituir este fenómeno de convocatoria multilateral de intercomunicación masiva entre individuos libres, como han mostrado los sociólogos Manuel Castells o David de Ugarte (11M: Redes para ganar una guerra) .
No obstante, "secondo me", lo que la Red tiene de revolucionaria no es tanto su capacidad de movilización política sino su capacidad de facilitar la masiva colaboración activa entre individuos, en todo el mundo, que no se conocen entre sí pero que tienen el vínculo de sentirse fuertemente atraídos por una afición o propósito común. Sin duda, en la Red se pueden encontrar una multiplicidad de casos de esa intercolaboración, pero el más significativo y extraordinario, en mi opinión, ha sido el vertiginoso desarrollo del software libre y GNU/Linux desde los primeros años 90 hasta nuestros días. De este tema, vale la pena escribir en un próximo artículo.

jueves, marzo 17, 2005

Democracia y corrupción

Casi todos pensamos que la corrupción es algo esencialmente contrario a la democracia. Algo que hay que perseguir y sustituir por la mayor transparencia posible, especialmente en el ámbito de lo público. Sin embargo, el influyente publicista americano Moisés Naim ha escrito, en la revista Foreign Policy de la que es Director, un alegato a favor de la corrupción como parte inseparable de la condición humana y también de la Democracia. La tésis de Naim es que las leyes anticorrupción y los códigos éticos de conducta empresarial hacen más daño que beneficio a las actividades económicas ya que la cultura del soborno y la ambición para conseguir el éxito son consustanciales con la humanidad y tratar de frenarlos suponen una ilusión paralizante. Naim llega a decir: "la guerra contra la corrupción está minando la democracia". La razón fundamental para lanzar esta sorprendente tésis es la de que si la corrupción polariza en exceso el debate político y de los medios de comunicación se impide que se traten las cuestiones y problemas verdaderamente importantes para un país. Naturalmente, esta es la visión del liberalismo radical que abomina de todas las regulaciones que obstaculizan el libre juego del mercado que incluiría también la utilización del soborno y las comisiones ocultas. Incluso, Naim se permite dar ejemplos de países donde la corrupción coexiste con altas tasas de crecimiento y prosperidad: China, India, Tailandia... Países que, por cierto, no son un modelo de democracia. Como tampoco lo son los países latinoamericanos con elevados niveles de corrupción.

Pero los liberales radicales y "neocons" se olvidan siempre de mencionar países donde sus tésis económicas no se cumplen: los países nórdicos, es decir Suecia, Finlandia, Noruega o Dinamarca. Son los países de más bajo nivel de corrupción del mundo y donde el bienestar social y el espíritu democrático son más fuertes, al mismo tiempo que presentan, junto a los altos impuestos, un buen nivel de ocupación, altos niveles de renta per cápita y un fuerte desarrollo tecnológico que genera una alta competitividad empresarial. Si aplicásemos las teorías "neocons" esos países deberían dar altos niveles de desempleo y un estancamiento económico junto con un bajo nivel democrático, justamente lo contrario de lo que realmente presentan.