martes, febrero 07, 2006

Fanatismos

El origen de los fanatismos no son las creencias individuales por fuertes que sean. Un monje Zen que busca la iluminación o un místico como San Juan de la Cruz o un científico convencido de la superioridad de la razón o un artista visionario como Van Gogh, no son fanáticos por mucho que crean en lo que hacen. En la escala de Maslow, de la que he escrito en otra ocasión, se hallan en una fase vital de autorrealización. En cambio el fanatismo tiene siempre su origen en una fase inferior: la necesidad de pertenencia a un grupo dentro del cual el fanático se siente fuerte y seguro. Una fase que engloba, de una u otra manera, a la mayor parte de la humanidad. El término "fan" de un grupo musical o de un equipo de futbol es una abreviatura de "fanatic", lo que sugiere algún tipo de fanatismo. Un fanatismo light, desde luego, si lo comparamos con los fanatismos generados por muchos grupos religiosos que implican un daño cierto para "los otros": los de fuera del grupo, los herejes o los infieles. Es el fanatismo que llevó, en la Edad Media, a la quema de mujeres consideradas brujas, a la expulsión de árabes y judíos en la España de los Reyes Católicos o la inquisición que duró hasta el siglo XIX en nuestro país.
Hoy, la expresión más peligrosa del fanatismo se encuentra en los grupos humanos islamistas radicales. No son las creencias espirituales de la religión musulmana las que están en la base de ese fanatismo, sino la necesidad humana de la pobre gente de los países musulmanes de sentirse fuertes y seguros con la pertenencia a un grupo que se expresa radicalmente contra los infieles, especialmente los ricos occidentales. Un grupo que les da fuerza, incluso, para inmolarse y lograr un vida mejor que la que les ha tocado vivir. Si estos fanáticos se conformarsen con ataques morales o simbólicos, como escritos o discursos contra las creencias occidentales o con la quema de banderas, nos podríamos dar por contentos. Pero vemos que la reacción ante ataques morales, como las caricaturas de Mahoma, derivan en daños reales como la quema de embajadas y amenazas de muerte que pueden convertirse en muertos reales. Si, además, se trata de grupos sistemáticamente organizados, como las células de Al-Qaeda, entonces podemos contar con que seguirán produciendose ataques como los que ya han sucedido en EE.UU (11S), en Madrid (11M) o en Londres. ¿Qué hacer ante esta eventualidad? Yo, desde luego, confieso mi absoluta incapacidad para aventurar soluciones. No creo que la llamada "alianza de civilizaciones" vaya a ir más allá de una declaración de buenas intenciones, pero estoy convencido de que las acciones bélicas inútiles, sin fundamento real, como es la guerra de Iraq, solo contribuyen a empeorar la situación. Entre otras cosas porque la situación actual de empantamiento militar de los EE.UU. van a dificultar el dar una respuesta a un peligro que sí tiene fundamento: la amenaza nuclear de un país como Irán.
Finalmente, quizás acabe siendo inevitable lo que Huntington ha llamado el "choque de civilizaciones".

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