Estamos acostumbrados a ver largas colas a la entrada de mediocres películas americanas de acción, en las que se dan abundantes disparos, explosiones, persecuciones en coches que vuelan y toda clase de saltos acrobáticos acompañados de golpes ruidosos, todo ello a un ritmo de secuencias muy rápido.
Por eso, nos resulta asombroso el que una película, como es "El gran silencio", de casi 3 horas de duración, en la que apenas se habla y todo transcurre con gran lentitud, tenga el éxito que parece estar teniendo en España y otros países. El film describe el mundo de los monjes cartujos, en un monasterio de los Alpes, lleno de quietud y austeridad, de concentración en las pequeñas tareas cotidianas, y de un silencio solo roto por los ruidos naturales, los toques de campanas o por magníficos cantos gregorianos. Algunos planos parecen verdaderas pinturas y bodegones de Zurbarán.
Quizás ese interés en el film se explique por el tremendo contraste de nuestro mundo desarrollado y consumista, absolutamente neurotizado por las prisas y las presiones de todo tipo, con ese otro extraño mundo de quietud y espiritualidad. Una espiritualidad que no siempre es coincidente con la religiosidad, aunque si lo sea en este caso de los monjes cartujos. A mi modo de ver, lo que caracteriza la manera de ser espiritual no es tanto la religiosidad sino la orientación del pensamiento y el comportamiento humanos hacia el "ser", en contraposición a otra orientación, más común en la sociedad que vivimos, hacia el "tener" (ver, Erich Fromm: Del Tener al Ser).
Hay una gran similitud entre las formas de comportamiento de los monjes cartujos y las de otros practicantes espirituales, como los budistas Zen o los yoguis, cuyo objeto de meditación no es la unión con Dios sino el vaciamiento de la mente para lograr un estado de expansión de la conciencia. Lo que para el misticismo cristiano es el "extásis místico", para los orientales sería el "satori" o iluminación. La mayoría de nosotros nunca ha experimentado tales estados de conciencia (aún cuando hayamos practicado la meditación) pero sospecho que se trata de la misma cosa, tanto en el caso de los místicos cristianos como en el de los meditadores orientales: una sensación de gran bienestar interior. Solo así es explicable la aparente felicidad y equilibrio psíquico que muestran los monjes cartujos o los budistas Zen. Y el atractivo que tiene, para el ciudadano occidental, presenciar ese tipo de vida austera y contemplativa aunque sea en una película. Una gran película, en todo caso.
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