Un ejemplo más de la polaridad (ying y yang) en la vida. Mis reflexiones después de un reciente viaje a Barcelona, y de una interesante conversación con una artesana-comerciante de Málaga, me llevan a considerar el origen y las consecuencias de esta doble tendencia en el comercio, la industria y en la vida de nuestro tiempo.
Seguramente, antes de la era industrial de los siglos XIX y XX, la diversidad era la tónica dominante en la sociedad, ya que el arte y la artesanía eran la base de la producción material de la burguesía. Solo cuando empieza la implantación de las máquinas de vapor y de la gran industria, la aparición de la clase proletaria va sustituyendo progresivamente al artesanado en dicha producción material. El momento culminante de esa nueva uniformidad es la cadena de montaje del automóvil Ford modelo T. La uniformidad era tal que Henry Ford llegó a decir que «cualquier cliente puede tener el coche del color que quiera, siempre y cuando sea negro». Las ventajas de la producción en cadena supusieron una reducción de costes tales que permitieron que el automóvil, hasta entonces solo para los ricos, estuviera al alcance de casi todos los americanos de clase media. Fue el comienzo de lo que se ha llamado "sociedad de consumo" basada en la producción en serie y el consumo de masas. Una época que yo alcancé a vivir, en mi primera época como ingeniero. En 1959, en unos Talleres de una empresa minera de Ponferrada (León), la producción industrial tenía todavía cierto caracter artesanal: se hacía de todo en esos Talleres, había fundición de hierro, forja, soldadura y toda clase de máquinas-herramientas; las herramientas de corte se fabricaban por los propios operarios y la productividad era muy baja. Con la ayuda de una empresa consultora, pasamos a un sistema moderno y planificado, sobre la base del estudio de métodos y tiempos, que permitieron definir en detalle todos los procesos, calcular los tiempos de las operaciones y, también, estandarizar las herramientas que ya no se fabricaban por los operarios sino que se compraban y guardaban en un cuarto de herramientas. Con todo esto, más las primas de producción por ahorro de tiempos, se logró multiplicar por tres la productividad, duplicar los salarios y reducir fuertemente los plazos de entrega. Sistemas como este se pusieron en marcha, en toda España, en los años 50 y 60 acabando con la producción industrial de carácter artesanal y pasando a sistemas más modernos y estandarizados, al mismo tiempo que se desarrollaba una industria más especializada y de grandes series. A los ingenieros de entonces nos parecía que bastaba con desarrollar fábricas especializadas y de grandes series uniformes, para lograr una alta productividad y una calidad competitivas. Eran los tiempos en los que la oferta era todavía muy baja en relación con una demanda cada vez más potente. Todo lo que se producía se vendía.
Sin embargo, la sociedad de consumo que se iba desarrollando, por el mayor poder adquisitivo de la población, requería de cada vez una mayor variedad de productos. Algo que parecía incompatible con la uniformidad de las grandes series. Y fue en los años 80 cuando la industria japonesa demostró, con los sistemas "just in time", que era posible compatibilizar la estandarización y la diversidad con una elevadísima calidad y productividad. Ya en el siglo XXI, la explosión de la diversidad de productos en el mercado está generando una oferta desmesurada que, con la crisis de demanda actual, está produciendo ya una criba de marcas y productos de la que saldrán fortalecidas las empresas que ofrezcan una mejor relación calidad/precio manteniendo la diversidad y el buen servicio. Como decía en un artículo anterior, la crisis es un riesgo pero también una oportunidad. Y, probablemente, es también una oportunidad para un resurgir de la artesanía, como he podido observar en mi último viaje a Barcelona, donde proliferan los comercios y talleres artesanales de todo tipo: vestido, adornos, mobiliario... y, también, de alimentación.
Sin duda, en nuestro tiempo hay una uniformidad global, cuyo ejemplo más característico son las tiendas de alimentación de McDonald's, que se extiende por todo el globo, pero también se da un incremento de la diversidad que es, cada vez, más valorada por los indivíduos de mayor cultura. Nunca anteriormente el mundo había sido tan consciente del valor de la diversidad de todo tipo: especies naturales, lenguas, culturas indígenas... Y nunca se había hecho el esfuerzo que ahora se hace para la conservación de esa diversidad.
Y, en el futuro, ¿vencerá la diversidad a la uniformidad? O bien, ¿el mundo será, cada vez, más parecido en todas partes? No creo que yo llegue a saberlo.
Seguramente, antes de la era industrial de los siglos XIX y XX, la diversidad era la tónica dominante en la sociedad, ya que el arte y la artesanía eran la base de la producción material de la burguesía. Solo cuando empieza la implantación de las máquinas de vapor y de la gran industria, la aparición de la clase proletaria va sustituyendo progresivamente al artesanado en dicha producción material. El momento culminante de esa nueva uniformidad es la cadena de montaje del automóvil Ford modelo T. La uniformidad era tal que Henry Ford llegó a decir que «cualquier cliente puede tener el coche del color que quiera, siempre y cuando sea negro». Las ventajas de la producción en cadena supusieron una reducción de costes tales que permitieron que el automóvil, hasta entonces solo para los ricos, estuviera al alcance de casi todos los americanos de clase media. Fue el comienzo de lo que se ha llamado "sociedad de consumo" basada en la producción en serie y el consumo de masas. Una época que yo alcancé a vivir, en mi primera época como ingeniero. En 1959, en unos Talleres de una empresa minera de Ponferrada (León), la producción industrial tenía todavía cierto caracter artesanal: se hacía de todo en esos Talleres, había fundición de hierro, forja, soldadura y toda clase de máquinas-herramientas; las herramientas de corte se fabricaban por los propios operarios y la productividad era muy baja. Con la ayuda de una empresa consultora, pasamos a un sistema moderno y planificado, sobre la base del estudio de métodos y tiempos, que permitieron definir en detalle todos los procesos, calcular los tiempos de las operaciones y, también, estandarizar las herramientas que ya no se fabricaban por los operarios sino que se compraban y guardaban en un cuarto de herramientas. Con todo esto, más las primas de producción por ahorro de tiempos, se logró multiplicar por tres la productividad, duplicar los salarios y reducir fuertemente los plazos de entrega. Sistemas como este se pusieron en marcha, en toda España, en los años 50 y 60 acabando con la producción industrial de carácter artesanal y pasando a sistemas más modernos y estandarizados, al mismo tiempo que se desarrollaba una industria más especializada y de grandes series. A los ingenieros de entonces nos parecía que bastaba con desarrollar fábricas especializadas y de grandes series uniformes, para lograr una alta productividad y una calidad competitivas. Eran los tiempos en los que la oferta era todavía muy baja en relación con una demanda cada vez más potente. Todo lo que se producía se vendía.
Sin embargo, la sociedad de consumo que se iba desarrollando, por el mayor poder adquisitivo de la población, requería de cada vez una mayor variedad de productos. Algo que parecía incompatible con la uniformidad de las grandes series. Y fue en los años 80 cuando la industria japonesa demostró, con los sistemas "just in time", que era posible compatibilizar la estandarización y la diversidad con una elevadísima calidad y productividad. Ya en el siglo XXI, la explosión de la diversidad de productos en el mercado está generando una oferta desmesurada que, con la crisis de demanda actual, está produciendo ya una criba de marcas y productos de la que saldrán fortalecidas las empresas que ofrezcan una mejor relación calidad/precio manteniendo la diversidad y el buen servicio. Como decía en un artículo anterior, la crisis es un riesgo pero también una oportunidad. Y, probablemente, es también una oportunidad para un resurgir de la artesanía, como he podido observar en mi último viaje a Barcelona, donde proliferan los comercios y talleres artesanales de todo tipo: vestido, adornos, mobiliario... y, también, de alimentación.
Sin duda, en nuestro tiempo hay una uniformidad global, cuyo ejemplo más característico son las tiendas de alimentación de McDonald's, que se extiende por todo el globo, pero también se da un incremento de la diversidad que es, cada vez, más valorada por los indivíduos de mayor cultura. Nunca anteriormente el mundo había sido tan consciente del valor de la diversidad de todo tipo: especies naturales, lenguas, culturas indígenas... Y nunca se había hecho el esfuerzo que ahora se hace para la conservación de esa diversidad.
Y, en el futuro, ¿vencerá la diversidad a la uniformidad? O bien, ¿el mundo será, cada vez, más parecido en todas partes? No creo que yo llegue a saberlo.
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