Al término de la segunda guerra mundial, cuando casi toda Europa estaba destrozada, se utilizó un procedimiento keynesiano para la reconstrucción de Europa (excepto para la URSS y países satélites que tuvieron que arreglarselas solos): el Plan Marshall. Miles de millones de dólares se utilizaron en esa reconstrucción con un éxito evidente.
Hoy, los países desarrollados tenemos que gestionar una ingente entrada de inmigrantes irregulares que podría moderarse y regularizarse si la llamada "ayuda al desarrollo" tuviese una dimensión de solo una parte de aquel Plan Marshall.
Según Jacques Diouf, Director Gral. de la FAO (la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), un solo día de gastos militares (la mitad correspondientes a EE.UU.) equivale a 6 años de presupuesto de esta organización. Es decir, a 5.100 millones de dólares. Y solo unos pocos países desarrollados (Noruega, Luxemburgo, Dinamarca, Suecia y Holanda) cumplen el objetivo del 0,7% del PIB de ayuda oficial al desarrollo. EE.UU no llega al 0,2 % de su PIB de ayuda oficial (las ayudas privadas son muy superiores). Sin embargo, los agricultores de los países desarrollados (EE.UU y la UE) reciben unos 1.000 millones $ diarios de subvenciones, bastante más que todas las aportaciones, oficiales y privadas, a los países que más lo necesitan.
Pero, quizás, ni siquiera serían necesarias las ayudas si el comercio de los productos de países pobres no estuviese altamente penalizado por los aranceles de los países ricos y por un establecimiento injusto de los precios de los productos agrarios. Para los productos agropecuarios primarios, los aranceles representan un promedio del 60%, mientras que los productos industriales solo están gravados en un 6%. ¿Donde está la lógica? pregunta el Director Gral. de la FAO. Y yo digo: ¿donde está el llamado "liberalismo" de las instituciones financieras globales? Hay una evidente asimetría en las reglas del juego que benefician a los países desarrollados y hunden más a los más pobres. Las actividades de algunas ONGs en favor del Comercio Justo son muy meritorias, pero representan solo una pequeña parte del tráfico comercial global del subdesarrollo.
La globalización ha supuesto la libertad de movimientos de capitales en todo el mundo, pero no la libertad de movimiento de los trabajadores. La consecuencia es la inmigración irregular que, inevitablemente, aumentará si no se establece algo como lo que fue el Plan Marshall para Europa: inversiones bien pensadas para crear empleos y fijar a las poblaciones en sus territorios. Particularmente en África.
Es urgente.
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