Últimamente he estado a punto de escribir sobre diferentes temas de actualidad pero la sucesión de acontecimientos me ha frenado el dedicar un artículo a un solo tema. Prefiero escribir, ahora, un poco de todo.
La reciente huelga de transportistas (que todavía continúa) me ha hecho reflexionar sobre lo que algunos llaman libre mercado. Si es que existe algo que se pueda denominar así. Quizás lo sea el del pequeño comercio y también debería serlo el de los transportistas, los pescadores de bajura y los pequeños agricultores. Un indicador del libre comercio es el que un negocio cierre, o haga cambios drásticos, cuando pierda dinero. En el pequeño comercio lo vemos contínuamente: un bar que cambia de dueño y de estilo, una tienda que cierra y aparece otra, en el mismo sitio, comercializando productos diferentes. A nadie del pequeño comercio se le ocurre que el Estado deba venir en su ayuda cuando pierde dinero, aunque sea por causa de una crisis económica. Sin embargo, en el sector del transporte y en los de agricultura y pesca, se suele reclamar al Estado que intervenga cuando determinados precios, como el del petróleo, se disparan. Se reclama una subvención para el gasóleo, lo que no haría sino mantener una demanda excesiva que debería disminuir. Todavía más sorprendente es la petición de que el Estado legisle una "tarifa mínima", lo que sería un atentado contra la libre competencia y a la normativa de la UE. La única alternativa, además de repercutir parte de los incrementos de coste, es lograr una mayor eficiencia en el uso del combustible: mejor aprovechamiento de los viajes, motores más eficientes, etc. Los transportistas más competitivos seguirán en el mercado y algunos tendrán que dedicarse a otra cosa. ¡Así es la vida!
Por supuesto, en el caso de las grandes compañías de la producción, del comercio, la distribución y el transporte, la cuestión es muy distinta. Además de tener mucha mayor capacidad de maniobra para adaptarse a los cambios (reducciones de plantilla, selectividad en las inversiones...), cuentan con relaciones de poder sobre los agentes productivos, especialmente los pequeños, y en el ámbito de las administraciones públicas, lo que transforma su actividad en algo bien distinto del dichoso "libre mercado".
En un artículo anterior escribí sobre la imparable derechización de nuestra sociedad opulenta. Hoy tenemos otro ejemplo, casi increíble: la Comisión europea propone ampliar la jornada laboral máxima hasta 65 horas semanales. Considerando que el límite actual de 48 horas fue aprobado por la OIT en 1917, el retroceso en los derechos laborales me deja estupefacto. Desde luego, la propuesta debe pasar por la aprobación en el Parlamento europeo y es de esperar que no salga adelante. No obstante, dado que la correlación de fuerzas en el Parlamento es favorable a la derecha no sería extraño que prosperase, al menos parte de esa retrógrada propuesta. ¿Donde quedan las 30 horas que propone algún sindicato radical, para contrarrestar el paro?
Hace unos días, muchos debates radiofónicos y televisivos se han centrado en una tontería que la ministra de Igualdad nos propinó al hablar de miembros y miembras. Ciertamente, el lenguaje castellano es sexista. Solo hay que apreciar el diferente significado de "hombre público" con el de "mujer pública". O el de "fulano" y "fulana". O el de decir que alguien es un "coñazo", por aburrido, frente a tener los "cojones bien puestos", por valiente. Ahora bien, por mucho que me moleste la cansina retahíla de "vascos y vascas" o "ciudadanos y ciudadanas" o "españoles y españolas" y así sucesivamente, debatir sobre este tema no me interesa gran cosa. En el espacio de Tele5, la Mirada Crítica, los contertulios dedicaron por lo menos 10 minutos a esa bobada y, sin embargo, no recuerdo que ninguno de los contertulios haya recriminado al presentador, Vicente Vallés, cuando bastantes veces le he oído decir cosas como: ¡no le escucho bien! o ¿se me escucha bien ahí?. Y es que, entre los más famosos presentadores radiofónicos y televisivos, ya es un hecho la desaparición de la diferencia entre oir y escuchar que se ha generalizado en la sociedad española actual. Y eso no es ninguna tontería; es una reducción muy grave de la riqueza de nuestra lengua. Es eliminar una distinción que existe en casi todos los idiomas: francés, inglés, italiano, alemán, catalán, finlandés..."Escuchar" (listen, ecouter, ascoltare, kuunnella....) es sinónimo de "poner atención", es decir se trata de una acción consciente del receptor de un mensaje, mientras que "oir" es "percibir un sonido" lo que implica a toda la cadena de transmisión que va del emisor al receptor. Se cuenta que, en una presentación, el conferenciante preguntó: ¿se me escucha bien allí atrás? Y un caballero del fondo se levantó y dijo: le escuchamos muy atentamente, pero no le oímos casi nada. Un excelente ejemplo.
La reciente huelga de transportistas (que todavía continúa) me ha hecho reflexionar sobre lo que algunos llaman libre mercado. Si es que existe algo que se pueda denominar así. Quizás lo sea el del pequeño comercio y también debería serlo el de los transportistas, los pescadores de bajura y los pequeños agricultores. Un indicador del libre comercio es el que un negocio cierre, o haga cambios drásticos, cuando pierda dinero. En el pequeño comercio lo vemos contínuamente: un bar que cambia de dueño y de estilo, una tienda que cierra y aparece otra, en el mismo sitio, comercializando productos diferentes. A nadie del pequeño comercio se le ocurre que el Estado deba venir en su ayuda cuando pierde dinero, aunque sea por causa de una crisis económica. Sin embargo, en el sector del transporte y en los de agricultura y pesca, se suele reclamar al Estado que intervenga cuando determinados precios, como el del petróleo, se disparan. Se reclama una subvención para el gasóleo, lo que no haría sino mantener una demanda excesiva que debería disminuir. Todavía más sorprendente es la petición de que el Estado legisle una "tarifa mínima", lo que sería un atentado contra la libre competencia y a la normativa de la UE. La única alternativa, además de repercutir parte de los incrementos de coste, es lograr una mayor eficiencia en el uso del combustible: mejor aprovechamiento de los viajes, motores más eficientes, etc. Los transportistas más competitivos seguirán en el mercado y algunos tendrán que dedicarse a otra cosa. ¡Así es la vida!
Por supuesto, en el caso de las grandes compañías de la producción, del comercio, la distribución y el transporte, la cuestión es muy distinta. Además de tener mucha mayor capacidad de maniobra para adaptarse a los cambios (reducciones de plantilla, selectividad en las inversiones...), cuentan con relaciones de poder sobre los agentes productivos, especialmente los pequeños, y en el ámbito de las administraciones públicas, lo que transforma su actividad en algo bien distinto del dichoso "libre mercado".
En un artículo anterior escribí sobre la imparable derechización de nuestra sociedad opulenta. Hoy tenemos otro ejemplo, casi increíble: la Comisión europea propone ampliar la jornada laboral máxima hasta 65 horas semanales. Considerando que el límite actual de 48 horas fue aprobado por la OIT en 1917, el retroceso en los derechos laborales me deja estupefacto. Desde luego, la propuesta debe pasar por la aprobación en el Parlamento europeo y es de esperar que no salga adelante. No obstante, dado que la correlación de fuerzas en el Parlamento es favorable a la derecha no sería extraño que prosperase, al menos parte de esa retrógrada propuesta. ¿Donde quedan las 30 horas que propone algún sindicato radical, para contrarrestar el paro?
Hace unos días, muchos debates radiofónicos y televisivos se han centrado en una tontería que la ministra de Igualdad nos propinó al hablar de miembros y miembras. Ciertamente, el lenguaje castellano es sexista. Solo hay que apreciar el diferente significado de "hombre público" con el de "mujer pública". O el de "fulano" y "fulana". O el de decir que alguien es un "coñazo", por aburrido, frente a tener los "cojones bien puestos", por valiente. Ahora bien, por mucho que me moleste la cansina retahíla de "vascos y vascas" o "ciudadanos y ciudadanas" o "españoles y españolas" y así sucesivamente, debatir sobre este tema no me interesa gran cosa. En el espacio de Tele5, la Mirada Crítica, los contertulios dedicaron por lo menos 10 minutos a esa bobada y, sin embargo, no recuerdo que ninguno de los contertulios haya recriminado al presentador, Vicente Vallés, cuando bastantes veces le he oído decir cosas como: ¡no le escucho bien! o ¿se me escucha bien ahí?. Y es que, entre los más famosos presentadores radiofónicos y televisivos, ya es un hecho la desaparición de la diferencia entre oir y escuchar que se ha generalizado en la sociedad española actual. Y eso no es ninguna tontería; es una reducción muy grave de la riqueza de nuestra lengua. Es eliminar una distinción que existe en casi todos los idiomas: francés, inglés, italiano, alemán, catalán, finlandés..."Escuchar" (listen, ecouter, ascoltare, kuunnella....) es sinónimo de "poner atención", es decir se trata de una acción consciente del receptor de un mensaje, mientras que "oir" es "percibir un sonido" lo que implica a toda la cadena de transmisión que va del emisor al receptor. Se cuenta que, en una presentación, el conferenciante preguntó: ¿se me escucha bien allí atrás? Y un caballero del fondo se levantó y dijo: le escuchamos muy atentamente, pero no le oímos casi nada. Un excelente ejemplo.
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