No sé cuando fue el momento en que me sentí más ciudadano del mundo que de mi propio país. Supongo que fue un proceso de largos años que comenzó el día en que salí de España, rumbo a Helsinki, en un avión de hélice que, retirado del servicio normal, se destinaba a viajes baratos no regulares. Mi viaje, que continuó en tren y, después, en bicicleta y, finalmente, en un camión, terminó en Laponia, en un campo de trabajo voluntario de la organización finlandesa KVT. Era el 6 de Julio de 1956. La experiencia de aquel campo de trabajo me marcó para siempre. Conecté con una sociedad más abierta, más sincera, más cooperativa y nada materialista.
Otro momento clave de este proceso globalizador fue la lectura, a orillas de un lago finlandés en 1973, del libro del Club de Roma "The limits to growth" que ha inspirado mi primer artículo de este Blog: Los límites del crecimiento. El documento se basa en un modelo de simulación del mundo que produce diferentes resultados, según los datos que se consideren, pero en casi todas estas simulaciones se observan fuertes crisis de sostenibilidad a lo largo del presente siglo, especialmente a partir de la segunda o tercera década. Algo que, hoy, nos parece altamente probable.
La situación del mundo actual, con la amenaza del calentamiento global y la escasez de agua y alimentos en el tercer mundo, nos advierte de que vivimos en un planeta que se nos queda cada vez más pequeño. Por eso, es esencial trascender los nacionalismos y asomarse al mundo con una visión cada vez más global y cooperadora con las entidades supranacionales y con las ONGs de apoyo al medio ambiente y a los países no desarrollados.
En España, cuando se habla de "nacionalismos" la mayor parte de la gente entiende que se trata de los ampliamente denostados nacionalismos periféricos.
Para muchos, el nacionalismo "español", centralista, es inexistente. Cuando hablo de ello, mis amigos me miran como si fuese un marciano. Una vez que el "nacional-catolicismo" del franquismo se dio por superado con la transición democrática, muchos consideran, erróneamente, que no hay un auténtico "nacionalismo español". Sin embargo los que tenemos una sensibilidad global, y nos sentimos ciudadanos del mundo, antes que ciudadanos de nuestro propio país, lo podemos apreciar y sentir contínuamente. No voy aquí a narrar las muchas anécdotas que me permiten decir esto, pero sí me voy a referir al primer artículo que he leído que reconoce y describe con cierto rigor lo que es y significa este nacionalismo. Está escrito por el profesor de la UPF Jordi Muñoz Mendoza y se titula: El nacionalismo separador. El artículo no tiene desperdicio, ni tampoco los muchos comentarios en los que se aprecia una cierta agresividad de los que, claramente, se pueden identificar como "nacionalistas españoles" que es casi sinónimo de "anti-nacionalista periférico".
Lo dicho, superemos los nacionalismos, sean del tipo que sean, para ser más "ciudadanos del mundo". Y esto significa amor a todo lo que tenemos en nuestro planeta, por la naturaleza y por la diversidad (biológica, lingüística, étnica...) y , también, rechazo de la dominación de unos sobre otros.
Cuidemos de nuestro planeta actuando localmente pero pensando globalmente. Le irá mejor al país y al mundo.
Otro momento clave de este proceso globalizador fue la lectura, a orillas de un lago finlandés en 1973, del libro del Club de Roma "The limits to growth" que ha inspirado mi primer artículo de este Blog: Los límites del crecimiento. El documento se basa en un modelo de simulación del mundo que produce diferentes resultados, según los datos que se consideren, pero en casi todas estas simulaciones se observan fuertes crisis de sostenibilidad a lo largo del presente siglo, especialmente a partir de la segunda o tercera década. Algo que, hoy, nos parece altamente probable.
La situación del mundo actual, con la amenaza del calentamiento global y la escasez de agua y alimentos en el tercer mundo, nos advierte de que vivimos en un planeta que se nos queda cada vez más pequeño. Por eso, es esencial trascender los nacionalismos y asomarse al mundo con una visión cada vez más global y cooperadora con las entidades supranacionales y con las ONGs de apoyo al medio ambiente y a los países no desarrollados.
En España, cuando se habla de "nacionalismos" la mayor parte de la gente entiende que se trata de los ampliamente denostados nacionalismos periféricos.
Para muchos, el nacionalismo "español", centralista, es inexistente. Cuando hablo de ello, mis amigos me miran como si fuese un marciano. Una vez que el "nacional-catolicismo" del franquismo se dio por superado con la transición democrática, muchos consideran, erróneamente, que no hay un auténtico "nacionalismo español". Sin embargo los que tenemos una sensibilidad global, y nos sentimos ciudadanos del mundo, antes que ciudadanos de nuestro propio país, lo podemos apreciar y sentir contínuamente. No voy aquí a narrar las muchas anécdotas que me permiten decir esto, pero sí me voy a referir al primer artículo que he leído que reconoce y describe con cierto rigor lo que es y significa este nacionalismo. Está escrito por el profesor de la UPF Jordi Muñoz Mendoza y se titula: El nacionalismo separador. El artículo no tiene desperdicio, ni tampoco los muchos comentarios en los que se aprecia una cierta agresividad de los que, claramente, se pueden identificar como "nacionalistas españoles" que es casi sinónimo de "anti-nacionalista periférico".
Lo dicho, superemos los nacionalismos, sean del tipo que sean, para ser más "ciudadanos del mundo". Y esto significa amor a todo lo que tenemos en nuestro planeta, por la naturaleza y por la diversidad (biológica, lingüística, étnica...) y , también, rechazo de la dominación de unos sobre otros.
Cuidemos de nuestro planeta actuando localmente pero pensando globalmente. Le irá mejor al país y al mundo.
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