Con enorme interés (y satisfacción) he leído que, en Europa, se va extendiendo un movimiento slow o antiprisas que se aplica a las ciudades, la comida, el trabajo, el sexo, la medicina o la educación.
El movimiento antiprisas surgió en Roma en 1986 como respuesta a la apertura de un McDonald's cerca de la monumental escalinata de la Plaza de España. Nació para hacer frente a la invasión del fast food y del fast life style (el estilo de vida rápido). 18 años después agrupa a más de 80.000 personas en los cinco continentes. Es un movimiento que reivindica la vida tranquila, el respeto a la naturaleza y el placer de gozar de las pequeñas cosas en contraposición con el frenético ritmo de vida actual que impulsa el gran consumo. Y es en algunos pequeños municipios (de no más de 50.000 habitantes) italianos, ingleses, franceses y también catalanes donde se está desarrollando con más fuerza. Se trata de lograr espacios de convivencia, peatonales o de uso de vehículos no motorizados como las bicicletas y de fomentar la artesanía, el empleo tranquilo y las actividades que proporcionan serenidad (las tertulias, el yoga, el taichí, el arte o la lectura) y, desde luego, evitar la comida rápida y la TV.
Las localidades catalanas de Pals, Begur y Palafrugell, han solicitado su adhesión a la asociación internacional de Cittáslow. Las ciudades aspirantes tienen que demostrar que cumplen los requisitos necesarios del movimiento slow que abarca cinco áreas básicas: la política ambiental, la de infraestructuras, tecnología, calidad urbana y promoción de los productos autóctonos. Si los requisitos se cumplen se autoriza a la localidad a utilizar el logotipo del caracol.
¡Qué cunda el ejemplo, paremos un poco nuestro ritmo de Vida: slowdown !
El movimiento antiprisas surgió en Roma en 1986 como respuesta a la apertura de un McDonald's cerca de la monumental escalinata de la Plaza de España. Nació para hacer frente a la invasión del fast food y del fast life style (el estilo de vida rápido). 18 años después agrupa a más de 80.000 personas en los cinco continentes. Es un movimiento que reivindica la vida tranquila, el respeto a la naturaleza y el placer de gozar de las pequeñas cosas en contraposición con el frenético ritmo de vida actual que impulsa el gran consumo. Y es en algunos pequeños municipios (de no más de 50.000 habitantes) italianos, ingleses, franceses y también catalanes donde se está desarrollando con más fuerza. Se trata de lograr espacios de convivencia, peatonales o de uso de vehículos no motorizados como las bicicletas y de fomentar la artesanía, el empleo tranquilo y las actividades que proporcionan serenidad (las tertulias, el yoga, el taichí, el arte o la lectura) y, desde luego, evitar la comida rápida y la TV.
Las localidades catalanas de Pals, Begur y Palafrugell, han solicitado su adhesión a la asociación internacional de Cittáslow. Las ciudades aspirantes tienen que demostrar que cumplen los requisitos necesarios del movimiento slow que abarca cinco áreas básicas: la política ambiental, la de infraestructuras, tecnología, calidad urbana y promoción de los productos autóctonos. Si los requisitos se cumplen se autoriza a la localidad a utilizar el logotipo del caracol.
¡Qué cunda el ejemplo, paremos un poco nuestro ritmo de Vida: slowdown !
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