El cambio más relevante que se ha dado, recientemente, en el panorama español es, quizás, el enorme incremento de la inmigración que ha tenido lugar en la última década. En 2000 la cifra de inmigrantes no llegaba al millón y, desde entonces, ha crecido exponencialmente hasta llegar a 5,6 millones en la actualidad, en que la crisis ya está frenando ese crecimiento. El porcentaje mayor está constituido por los latinoamericanos (36%), después por los europeos occidentales (21%) y los procedentes de Europa del Este (18%) de los que más de la mitad son rumanos. Los africanos (magrebíes y subsaharianos) son casi el 19% y el resto casi todos asiáticos, la mayoría chinos (2,5%) y,también, unos pocos norteamericanos.
Esta gran variedad se puede observar en la calle y, personalmente cuando voy a Madrid, en el metro donde es un disfrute observar los distintos rostros (especialmente los de sonrientes jovencitas mulatas, asiáticas o latinas) y escuchar sus conversaciones en diferentes lenguas. Algunas de estas conversaciones se oyen en inglés, como en el caso de unas asiáticas de las que no podía discernir si una era japonesa y otra china o se trataba de dos chinas de diferentes etnias. En todo caso, se trata de un espectáculo delicioso y gratuito en el que puedo observar, oir y, también, especular sobre la nacionalidad de una determinada persona: ¿será boliviano, ecuatoriano o peruano? Un rostro de indígena americano, en todo caso.
Callejear y observar la diversidad cultural y la forma en que la gente se gana la vida es, también, interesante. ¿Porqué nunca veo un negro mendigando? Los veo tratando de vender relojes, collares, esculturas africanas o discos, pero nunca pidiendo limosna. Y son muy callejeros y es frecuente ver negros en animada conversación en las plazas públicas. Tampoco se suelen ver marroquíes mendigando. Quizás, la cultura musulmana de solidaridad entre ellos tenga algo que ver en esto. Y hay mendigos de muchos países: rumanas que piden con voz lastimera y esgrimen escritos que cuentan de niños enfermos (lo que sugiere que están organizadas por alguna especie de mafia), la mayoría españoles y otros europeos, hasta algún alemán como el que tiene su puesto en un Banco de Málaga. Y nunca se ven chinos mendigando ni tampoco callejeando. Los chinos están encerrados en sus comercios o restaurantes. Siempre trabajando, incluso domingos y hasta las diez de la noche o más.
Otro aspecto eminentemente cultural de las calles son los espectáculos callejeros: los hombres o mujeres estatuas, cada vez más creativos, y los que tocan instrumentos musicales. La mayoría de estos son una auténtica molestia cuando tocan, deficientemente, acordeones o guitarras en bares al aire libre. Pero también los hay que son auténticos maestros, generalmente rusos y de otros países de Europa oriental. Algunos forman tríos o cuartetos que tocan piezas clásicas como en las mejores orquestas. Y el público lo aprecia, porque rompen a aplaudir y aportan una buena cantidad de euros. En una zona céntrica, es probable que estos músicos consigan más que tocando en una sala de conciertos.
En resumen, la inmigración ha añadido, para España, una riqueza y diversidad cultural que vale la pena observar y aprender a disfrutar y que, seguramente, será una fuente de apertura mental para los más jóvenes que están libres de los prejuicios de los mayores.
Esta gran variedad se puede observar en la calle y, personalmente cuando voy a Madrid, en el metro donde es un disfrute observar los distintos rostros (especialmente los de sonrientes jovencitas mulatas, asiáticas o latinas) y escuchar sus conversaciones en diferentes lenguas. Algunas de estas conversaciones se oyen en inglés, como en el caso de unas asiáticas de las que no podía discernir si una era japonesa y otra china o se trataba de dos chinas de diferentes etnias. En todo caso, se trata de un espectáculo delicioso y gratuito en el que puedo observar, oir y, también, especular sobre la nacionalidad de una determinada persona: ¿será boliviano, ecuatoriano o peruano? Un rostro de indígena americano, en todo caso.
Callejear y observar la diversidad cultural y la forma en que la gente se gana la vida es, también, interesante. ¿Porqué nunca veo un negro mendigando? Los veo tratando de vender relojes, collares, esculturas africanas o discos, pero nunca pidiendo limosna. Y son muy callejeros y es frecuente ver negros en animada conversación en las plazas públicas. Tampoco se suelen ver marroquíes mendigando. Quizás, la cultura musulmana de solidaridad entre ellos tenga algo que ver en esto. Y hay mendigos de muchos países: rumanas que piden con voz lastimera y esgrimen escritos que cuentan de niños enfermos (lo que sugiere que están organizadas por alguna especie de mafia), la mayoría españoles y otros europeos, hasta algún alemán como el que tiene su puesto en un Banco de Málaga. Y nunca se ven chinos mendigando ni tampoco callejeando. Los chinos están encerrados en sus comercios o restaurantes. Siempre trabajando, incluso domingos y hasta las diez de la noche o más.
Otro aspecto eminentemente cultural de las calles son los espectáculos callejeros: los hombres o mujeres estatuas, cada vez más creativos, y los que tocan instrumentos musicales. La mayoría de estos son una auténtica molestia cuando tocan, deficientemente, acordeones o guitarras en bares al aire libre. Pero también los hay que son auténticos maestros, generalmente rusos y de otros países de Europa oriental. Algunos forman tríos o cuartetos que tocan piezas clásicas como en las mejores orquestas. Y el público lo aprecia, porque rompen a aplaudir y aportan una buena cantidad de euros. En una zona céntrica, es probable que estos músicos consigan más que tocando en una sala de conciertos.
En resumen, la inmigración ha añadido, para España, una riqueza y diversidad cultural que vale la pena observar y aprender a disfrutar y que, seguramente, será una fuente de apertura mental para los más jóvenes que están libres de los prejuicios de los mayores.
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