Ayer, una persona me dijo que había logrado sacar a una chica de un autismo tardío leyéndole una palabra finesa que decía que era la más larga del mundo. Al parecer la chica había estado 5 años en Finlandia y había aprendido finés. Por alguna razón desconocida, a su vuelta, había tenido un "ataque" de autismo por lo que no hablaba nada ni parecía interesarse por nada. El que me contó la historia, me dijo que buscó algunos términos finlandeses y vio que la chica mostraba interés. Entonces buscó en Google "la palabra finlandesa más larga" y le salió esta:
Esta anécdota me recordó el antiguo gusto de los finlandeses por los títulos profesionales. Ya en "Cartas finlandesas", escritas por el granadino Ángel Ganivet a finales del siglo XIX, muestra el interés de los finlandeses de entonces por los títulos, sobre todo los que suenan importantes: Tohtori (Doctor), Insinööri (Ingeniero), Kenraali (General), Presidenti... de tal forma que las esposas o viudas tomaban el título del marido, como Doktorinna, ingeniörska, presidentska... (en sueco, ya que en aquella época este era el idioma culto o urbano). En la actualidad, esto sería un anacronismo aunque solo fuera porque hay más mujeres, en profesiones de título universitario o técnicos superiores, que hombres.
Siguiendo con los recuerdos, cuando trabajé de obrero (como estudiante técnico en prácticas) en Finlandia (veranos de 1957 y 58), pude observar las connotaciones clasistas que tenía el título de "Herra" (Señor) para los trabajadores. Especialmente en el caso del servicio militar donde debían dirigirse a los oficiales con el Herra delante: Herra Kapteeni, Herra Kenraali .....
Así que algunos tenían interés en saber cómo un soldado se dirige a un oficial en España. Cómo yo dije que se anteponía el pronombre Minun (mi) para decir "mi capitán" o "mi general", y eso les sonaba a algo muy cercano, y hasta familiar, se quedaron tan asombrados como encantados.
Ahora bien, en la España de los años 40 y 50, el clasismo era muy evidente especialmente en los pueblos. Recuerdo un familiar, juez magistrado, que estaba tan obsesionado por el título de Señor como los trabajadores finlandeses. Solo que por razones contrarias a aquellos. Un día, mi hermano José Mª se refirió a uno de los gañanes de ese familiar como "el señor Pedro". La indignación de nuestro buen magistrado fue monumental: ese no es ningún Señor, será el "tío Pedro". En otra ocasión, cuando los trabajadores ya empezaban a levantar cabeza en España, aunque todavía durante el franquismo, ese mismo Sr. Magistrado se dolía amargamente, diciendo: ¡Se está perdiendo el Señorío! Y todo porque, al parecer, hasta un obrero podía permitirse tomar un taxi en Madrid. Un joven de hoy no entendería nunca el término "Señorío" como una connotación clasista sino como "calidad" o "educación" aplicado, generalmente, a un jugador o a un deportista. Si, en Google, buscamos la frase "se está perdiendo el señorío" nos salen varias entradas, todas ellas refiriéndose a juegos, deportes o discotecas.
Pero también hay términos parecidos que todavía son de uso corriente como el de "sus señorías", en referencia a los parlamentarios.
Hoy se usan términos y palabras bastante diferentes de las que eran usuales hace años. Se puede decir que hay bastantes palabras en peligro de extinción. Y, en muchos casos, se está dando un empobrecimiento del lenguaje. Para mí, un caso que me molesta especialmente es la sustitución de "oír" por "escuchar". En casi todos los idiomas tenemos esa distinción: oír (hear, entendre, hören, kuulla) es sinónimo de percibir un sonido. Implica fundamentalmente al órgano receptor, el oído, mientras que escuchar (listen, ecouter, zuhören, kuunnella) es sinónimo de "poner atención" e implica a la voluntad de atender (para oír algo). Podemos "escuchar" muy atentamente, pero no "oír" porque el sonido no llega al receptor con la calidad necesaria o podemos oír un sonido sin que hayamos puesto atención, incluso aunque no queramos escucharlo. Oímos una sirena de una ambulancia aunque nos moleste su sonido.
Atendamos a la evolución de las palabras y los significados. Continuará.
"lentokonesuihkuturbiinimoottoriapumekaanikkoaliupseerioppilas"
Se trata de un título de una especialización de formación profesional (ayudante de mecánico de motores de turbina para aviones de reacción) y, desde luego, no es la palabra más larga del mundo y ni siquiera lo es de Finlandia. Pero sirvió para que la chica mostrase interés en las palabras y volviese a hablar con normalidad.Esta anécdota me recordó el antiguo gusto de los finlandeses por los títulos profesionales. Ya en "Cartas finlandesas", escritas por el granadino Ángel Ganivet a finales del siglo XIX, muestra el interés de los finlandeses de entonces por los títulos, sobre todo los que suenan importantes: Tohtori (Doctor), Insinööri (Ingeniero), Kenraali (General), Presidenti... de tal forma que las esposas o viudas tomaban el título del marido, como Doktorinna, ingeniörska, presidentska... (en sueco, ya que en aquella época este era el idioma culto o urbano). En la actualidad, esto sería un anacronismo aunque solo fuera porque hay más mujeres, en profesiones de título universitario o técnicos superiores, que hombres.
Siguiendo con los recuerdos, cuando trabajé de obrero (como estudiante técnico en prácticas) en Finlandia (veranos de 1957 y 58), pude observar las connotaciones clasistas que tenía el título de "Herra" (Señor) para los trabajadores. Especialmente en el caso del servicio militar donde debían dirigirse a los oficiales con el Herra delante: Herra Kapteeni, Herra Kenraali .....
Así que algunos tenían interés en saber cómo un soldado se dirige a un oficial en España. Cómo yo dije que se anteponía el pronombre Minun (mi) para decir "mi capitán" o "mi general", y eso les sonaba a algo muy cercano, y hasta familiar, se quedaron tan asombrados como encantados.
Ahora bien, en la España de los años 40 y 50, el clasismo era muy evidente especialmente en los pueblos. Recuerdo un familiar, juez magistrado, que estaba tan obsesionado por el título de Señor como los trabajadores finlandeses. Solo que por razones contrarias a aquellos. Un día, mi hermano José Mª se refirió a uno de los gañanes de ese familiar como "el señor Pedro". La indignación de nuestro buen magistrado fue monumental: ese no es ningún Señor, será el "tío Pedro". En otra ocasión, cuando los trabajadores ya empezaban a levantar cabeza en España, aunque todavía durante el franquismo, ese mismo Sr. Magistrado se dolía amargamente, diciendo: ¡Se está perdiendo el Señorío! Y todo porque, al parecer, hasta un obrero podía permitirse tomar un taxi en Madrid. Un joven de hoy no entendería nunca el término "Señorío" como una connotación clasista sino como "calidad" o "educación" aplicado, generalmente, a un jugador o a un deportista. Si, en Google, buscamos la frase "se está perdiendo el señorío" nos salen varias entradas, todas ellas refiriéndose a juegos, deportes o discotecas.
Pero también hay términos parecidos que todavía son de uso corriente como el de "sus señorías", en referencia a los parlamentarios.
Hoy se usan términos y palabras bastante diferentes de las que eran usuales hace años. Se puede decir que hay bastantes palabras en peligro de extinción. Y, en muchos casos, se está dando un empobrecimiento del lenguaje. Para mí, un caso que me molesta especialmente es la sustitución de "oír" por "escuchar". En casi todos los idiomas tenemos esa distinción: oír (hear, entendre, hören, kuulla) es sinónimo de percibir un sonido. Implica fundamentalmente al órgano receptor, el oído, mientras que escuchar (listen, ecouter, zuhören, kuunnella) es sinónimo de "poner atención" e implica a la voluntad de atender (para oír algo). Podemos "escuchar" muy atentamente, pero no "oír" porque el sonido no llega al receptor con la calidad necesaria o podemos oír un sonido sin que hayamos puesto atención, incluso aunque no queramos escucharlo. Oímos una sirena de una ambulancia aunque nos moleste su sonido.
Atendamos a la evolución de las palabras y los significados. Continuará.
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