Si asumimos que cualquier percepción que tengamos del mundo exterior es, en último término, un conjunto de señales electro-químicas que se producen en una u otra parte de nuestro cerebro, tenemos que llegar a la conclusión de que:
a) lo que vemos, oímos, olemos y tocamos no es el mundo real sino la actividad de nuestro cerebro en respuesta a una multitud de señales que el mundo real nos envía.
b) que solo percibimos una pequeña parte de estas señales, ya que nuestros sentidos filtran la mayor parte: la vista solo recoge una pequeña parte de las ondas electromagnéticas -el espectro visible- y lo mismo el oído con las vibraciones del aire, etc. Y hay que decir que afortunadamente ocurre esto, porque si percibiesemos la totalidad sería un caos indiscernible.
No sé si a otros les pasa lo mismo, pero a mi me inquieta saber que todo el mundo exterior es, para mí, algo que ocurre dentro de mí y, más concretamente, dentro de mi cerebro. Un animal no se plantea esto porque simplemente ve, oye, olfatea y trata de buscar comida para sobrevivir. Pero el ser humano ha desarrollado la ciencia que le ha permitido tener una idea de cómo percibimos el mundo exterior. Y, desde luego, lo percibimos de manera diferente a los otros animales, a veces mucho peor: un águila ve con gran nitidez objetos a muchos kilómetros de distancia y un perro tiene un sentido del olfato privilegiado lo que nos permite utilizarlos para detectar drogas o explosivos. Y algunos, como los murciélagos, no necesitan de la vista para orientarse en cuevas oscuras.
Cuando quiero saber algo más del mundo exterior recurro a los libros de ciencia y también al arte o la literatura, lo que también es algo que se desarrolla enteramente dentro de mi cerebro. Cuando lo pienso, siento que estoy encerrado dentro de un cerebro. Mi propio cerebro. Y que no hay posibilidad de salir de él.
a) lo que vemos, oímos, olemos y tocamos no es el mundo real sino la actividad de nuestro cerebro en respuesta a una multitud de señales que el mundo real nos envía.
b) que solo percibimos una pequeña parte de estas señales, ya que nuestros sentidos filtran la mayor parte: la vista solo recoge una pequeña parte de las ondas electromagnéticas -el espectro visible- y lo mismo el oído con las vibraciones del aire, etc. Y hay que decir que afortunadamente ocurre esto, porque si percibiesemos la totalidad sería un caos indiscernible.
No sé si a otros les pasa lo mismo, pero a mi me inquieta saber que todo el mundo exterior es, para mí, algo que ocurre dentro de mí y, más concretamente, dentro de mi cerebro. Un animal no se plantea esto porque simplemente ve, oye, olfatea y trata de buscar comida para sobrevivir. Pero el ser humano ha desarrollado la ciencia que le ha permitido tener una idea de cómo percibimos el mundo exterior. Y, desde luego, lo percibimos de manera diferente a los otros animales, a veces mucho peor: un águila ve con gran nitidez objetos a muchos kilómetros de distancia y un perro tiene un sentido del olfato privilegiado lo que nos permite utilizarlos para detectar drogas o explosivos. Y algunos, como los murciélagos, no necesitan de la vista para orientarse en cuevas oscuras.
Cuando quiero saber algo más del mundo exterior recurro a los libros de ciencia y también al arte o la literatura, lo que también es algo que se desarrolla enteramente dentro de mi cerebro. Cuando lo pienso, siento que estoy encerrado dentro de un cerebro. Mi propio cerebro. Y que no hay posibilidad de salir de él.