sábado, diciembre 24, 2005

Efectos indeseados

Una de las características más comunes de nuestra cultura hispana es el rechazo a la crítica de lo que consideramos propio, por parte de foráneos. Y la necesidad de que estos mismos foráneos alaben lo que consideramos nuestro.
Un amigo que vivió en la República Dominicana me dijo que, en animada conversación con algunos nativos dominicanos, y a la vista de que ellos criticaban duramente la situación y la cultura de su país, se sintió libre para criticar,a su vez, a ese país. La reacción inmediata fue una andanada de imprecaciones del estilo: gringo cabrón, vete a tu país si esto no te gusta ....! Este tipo de respuesta es también muy común en España, no solo frente a los extranjeros sino también frente a los que provienen de otras zonas o, incluso, frente a los del pueblo vecino.
Por eso, no hay nada que aglutine más a un grupo humano de cultura hispana que el ataque por parte de alguien a quien se considera foráneo o extranjero. Ya en tiempos de Franco cuando la situación después de la derrota de Hitler había debilitado bastante al régimen, la condena a España por parte de las potencias democráticas en las Naciones Unidas (UNO según las siglas inglesas) tuvo el efecto indeseado de reforzar la popularidad del franquismo. En las manifestaciones de apoyo se decía: ¡si ellos tienen UNO nosotros tenemos DOS!
Probablemente, uno de los refuerzos más potentes con que cuenta el régimen cubano de Fidel Castro es la actitud hostil de los EE.UU y el bloqueo económico. Fidel lo sabe y lo utiliza hábilmente.
Y, en nuestro país, no hay nada tan efectivo para generar nacionalismo, en el País Vasco o Cataluña, como la actitud beligerantemente antinacionalista del españolismo rampante de la derecha. Una actitud que fácilmente se convierte en antivasquismo o anticatalanismo, como ha quedado bien patente con el intento de boicot a productos catalanes.
Se podría decir que, en la jerarquía de necesidades de la escala de Maslow, la mayor parte de los ciudadanos de nuestra cultura se sitúan en el nivel de necesidades sociales de pertenencia a grupos, sean estos su lugar de nacimiento, su peña o hermandad, su partido político o su equipo de futbol. Es un nivel en el que los individuos se sienten reforzados o protegidos por la pertenencia a un grupo más fuerte que ellos mismos. En las culturas noreuropeas vemos una mayor individualidad que, paradójicamente, da como resultado actitudes más cooperativistas entre los distintos grupos para lograr objetivos comunes que puedan favorecer a todos. Algo que se dió en nuestro país, para la transición democrática, pero que hoy ha desaparecido casi totalmente. Me parece absolutamente inviable el entendimiento, para gobernar juntos, de los dos grandes partidos rivales, PP y PSOE, aún cuando sus políticas reales estén más próximas de lo que se pueda pensar. Un entendimiento que es muy común en el Norte y Centro de Europa (Alemania, Suecia, Finlandia...).
No seremos un país avanzado mientras que no seamos capaces de dialogar civilizadamente entre los diferentes grupos políticos y de hacer críticas razonadas no solo de los otros sino, principalmente, de los propios o los más próximos a nosotros. No hay nada políticamente más destructivo que la blanda complacencia con lo propio y la crítica irracional (y hasta insultante) del otro.

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